El frío me mordisquea los tobillos, se
cuela entre las costuras del pantalón, trepa por mi espalda y se acomoda en la
nuca. Siempre llega en tardes grises en que las gotas de lluvia aterrizan
suavemente en el alféizar, cuando las sombras vespertinas se proyectan
estiradas sobre las sábanas y ya puedo mirar hacia fuera sin que la luz incida
en mis ojos y me obligue a levantar la cabeza de la almohada. Se desliza con
cuidado hacia mi oído para susurrar despacio e inaudible. No tiene prisa. Sabe
que no voy a ser capaz de echarlo, y es que no es uno de esos fríos que
desaparecen con más mantas. Cierro los ojos. Quiero dormir para no tener que
escucharlo.
Comienza a describirme un rostro de
pómulos marcados y frente despejada, de ojos grandes que tienen mil formas de
mirar, de nariz recta con dos pequeñas marcas rojizas, una a cada lado, de
haber tenido las gafas puestas hasta hace poco, de labios que esbozan un mohín
serio en los que las comisuras se curvan hacia arriba casi imperceptiblemente
en lo que es el principio de una sonrisa escondida.
Frunzo el ceño. Trato de dirigir mis
pensamientos al entrenamiento de esta tarde, trato de pensar con claridad.
Mala idea. Me recuerda la melodía que
surgía del chocar su codo contra las medallas colgadas en la pared y el siseo
de dolor instantáneo por haber vuelto a rasparse el brazo con el gotelé.
Abro los ojos. Ella está aquí. Sentada en
la silla del escritorio frente al viejo ordenador de mesa con un pie en el
asiento y el otro colgando, ladeada para no darme la espalda completamente.
Posa pensativa un par de dedos sobre sus labios mientras intenta decidir qué
canción poner.
Parpadeo. Se cruza de piernas al otro
lado de la cama, todo su peso apoyado sobre su brazo derecho. John salta desde
la mesa y se acurruca en su regazo. No tarda mucho en escucharse su ronroneo
satisfecho cuando ella comienza a acariciarlo. Sus uñas se le clavan en las
medias como queriendo evitar que yo lo arranque de ahí y a ella se le dibuja
sin querer una media sonrisa tierna.
Me levanto encender la lámpara y ella
está mirándose en el espejo de cuerpo entero que hay al lado de la puerta. Se
pasa los dedos por sus largos rizos tratando de colocarlos en su sitio aunque
ni ella misma tenga del todo claro cuál era. Sus mejillas han adquirido un
ligero tono rosado, le brillan los ojos. Sus manos bajan hasta su falda para
devolverla a su sitio en sus caderas.
Volteo. Está tumbada de cara a la pared
con la cabeza ladeada para leer el artículo de natación enmarcado a pesar de
que ya lo ha visto varias decenas de veces y se lo tiene que saber de memoria.
Yo pienso que el frío se está volviendo insoportable, que camina por mis brazos y se extiende hasta la punta de mis dedos. Mordisquea por donde pasa con dientes diminutos como mil agujas. Urga en mi cabeza, pulsa los recuerdos y acierta de lleno con esa sucesión de tardes, dulce monotonía.
De repente, ella está acurrucada contra mi pecho. Y la siento. Siento su respiración golpeándome suave en el cuello. Siento sus caricias en mi espalda dibujar palabras que nunca dejará escapar de donde se agazapan en el paladar. Siento su pelo enredarse en mis dedos, rizos rebeldes que me empeño en tratar de domar. Siento su cuerpo apretado contra mí, siento cada uno de los pliegues de su camisa y la curva de sus caderas cuando me rodea con sus piernas. Siento su estremecimiento y la risa contenida que hace vibrar su pecho al haberle encontrado las cosquillas. Siento sus labios justo debajo de mi oreja, avanzan lentamente por la línea de mi barbilla, deposita un beso en la comisura. Siento su aliento. Estoy sediento de ella y abro la boca, me lo trago. Ella juega conmigo, se aparta. Yo me incorporo, la persigo...
John salta sobre mi barriga sin contemplaciones. Me despierta, pero en ningún momento he estado dormido. El frío se retira espantado por los bufidos de este gato mimado. Ha terminado de anochecer. Se oye una llave abrir una cerradura, pasos cortos pero rápidos que se detienen en el umbral de mi habitación.
-¿Hijo?
Yo pienso que el frío se está volviendo insoportable, que camina por mis brazos y se extiende hasta la punta de mis dedos. Mordisquea por donde pasa con dientes diminutos como mil agujas. Urga en mi cabeza, pulsa los recuerdos y acierta de lleno con esa sucesión de tardes, dulce monotonía.
De repente, ella está acurrucada contra mi pecho. Y la siento. Siento su respiración golpeándome suave en el cuello. Siento sus caricias en mi espalda dibujar palabras que nunca dejará escapar de donde se agazapan en el paladar. Siento su pelo enredarse en mis dedos, rizos rebeldes que me empeño en tratar de domar. Siento su cuerpo apretado contra mí, siento cada uno de los pliegues de su camisa y la curva de sus caderas cuando me rodea con sus piernas. Siento su estremecimiento y la risa contenida que hace vibrar su pecho al haberle encontrado las cosquillas. Siento sus labios justo debajo de mi oreja, avanzan lentamente por la línea de mi barbilla, deposita un beso en la comisura. Siento su aliento. Estoy sediento de ella y abro la boca, me lo trago. Ella juega conmigo, se aparta. Yo me incorporo, la persigo...
John salta sobre mi barriga sin contemplaciones. Me despierta, pero en ningún momento he estado dormido. El frío se retira espantado por los bufidos de este gato mimado. Ha terminado de anochecer. Se oye una llave abrir una cerradura, pasos cortos pero rápidos que se detienen en el umbral de mi habitación.
-¿Hijo?

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