lunes, 31 de marzo de 2014

Lazos que se rompen

A veces, las palabras se atascan.
A veces, el pulso tiembla.
A veces, el corazón se quiebra.
En ese instante, solo queda el silencio. Un silencio que retumba. Es una calma que inquieta. Una presión en las sienes. Un dolor sordo detrás de la oreja. Es como caer al mar en enero, te deja aturdido y sin respiración.
En un segundo, el mundo se ha congelado. Los ojos clavados en la punta de los pies. De repente, vértigo. Esa sensación de que algo se hunde con pesadez en el estómago, muy probablemente las mariposas abatidas. Un frío que quema y un calor que hace tiritar.
El cerebro termina de procesar la información. Un escalofrío impacta en la nuca y recorre la espalda con la fuerza de un rayo. Llegan las náuseas, esos bichos muertos son indigestibles.
Entonces, vomitas las palabras, tu mano se alza firme, le arrojas todos los pedazos a la cara y, aunque no lo piensas mucho, esperas que le arranquen el aire como a ti se te clava esa agua helada igual que mil agujas en el pecho.

No hay comentarios:

Publicar un comentario