La puerta abierta es un flaco favor. Me tiemblan las rodillas, el pulso, el labio inferior, la respiración. Tiemblo toda yo.
Cojo aire, lo obligo a permanecer dentro mientras cuento hasta diez. Expiro despacio, muy despacio. Levanto la mirada del diseño de las baldosas del pasillo, estiro la espalda, echo los hombros hacia atrás...
Cruzo el umbral.
El aula está aún medio vacía y eso, por extraño que parezca, me hace sentirme más segura, menos en peligro.
¿Que cuál es el peligro? Ni yo misma lo sé, pero todas las alarmas están disparadas dentro mi cabeza. Me retumba el sonido de una sirena en los oídos, me ciegan las luces que parapadean rojas tras mis ojos.
Escondida tras esa muralla de falsa seguridad que cualquier lobo de cuento podría derrumbar de un suspiro, busco el primer sitio libre junto a la ventana. Es gracioso mi lenguaje no verbal, pienso ahora recordando mis ganas de fundirse con la pared la primera media hora.
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