Tengo sueño. Un sueño que no desaparece por mucho que duerma. Los ojos irritados me suplican que no los vuelva a abrir. Hace días que cargo con rocas en el estómago que me quitan el hambre. Mi dolor de cabeza grita que coma. Sin embargo, nada sabe bien. Hay una nausea permanente en mi garganta que no me deja tragar.
Mi cuerpo nunca ha estado tan ligero ni mis hombros tan cargados. Tengo la mochila llena de basura que no encuentro el momento de tirar. Bagaje inútil del que no me quiero deshacer. No hago más que continuar recogiendo preocupaciones. Se me desbordan de los brazos, trepan a mi espalda, se arropan cerca de mi oído, donde pueden susurrar agusto.
Tengo esta incertidumbre de no saber a dónde me estoy dirigiendo, de estar totalmente perdida en esta oscuridad sólo interrumpida por estrellas fugaces que pasan con cada vez menos frecuencia.
El problema en realidad es que sé a dónde quiero ir. Aún así, hace mucho que he perdido el norte y ya no veo mi objetivo frente a mí. Ahora camino sola y desorientada, perpetuamente cansada y con las ganas de llorar siempre a flor de piel.
No hay cosa que más desee en este momento que tumbarme. Tumbarme y no levantarme nunca más, dejar que la oscuridad lo engulla todo, cerrar mis ojos cansados de buscar.
Pero no debo. Aunque cada milímetro de mi cuerpo aúlle que me rinda, no debo. Aunque esta bolsa me empuje cada vez más hacia el suelo, no debo. Aunque mis pies agarrotados me fallen y tropiecen consigo mismos, no debo.
No debo.
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